Hoy os vengo a contar una historia personal. Una experiencia vivida durante uno de los sucesos vitales de mi vida: el nacimiento de mi segundo hijo. Y que acaba con moraleja en plena cesárea.

Mi primera hija nació por cesárea, totalmente innecesaria y esa experiencia vital en mi vida hizo que buscase tener un parto natural en mi segundo embarazo.

Leí, me formé, me preparé, iba a yoga prenatal, seguí bailando y ejercitándome, vigilé que mi cicatriz estuviese bien, que no hubiera adherencias, y llevé un control de mi dieta y de todo lo que me había informado. Estaba empeñada y decidida a que esta vez lo iba a lograr.

Una mañana (estaba ya de 37 semanas) me levanté con una pierna hinchada, algo que es normal en el embarazo y más hacia el final. Lo que no era normal es que si me pasabas suavemente un dedo, sin presionar, me dolía y mucho. A las 24 horas mi pierna era el doble, no me cabía ni los pantalones especiales del embarazo. Fui a mi ginecóloga y al verme la pierna me mandó a urgencias por si se trataba de una infección bacteriana. Pero no me dijo que implicaba si ese diagnóstico se hacía realidad.

Después de un calvario por urgencias y por diferentes servicios, hasta 24 horas después de haber entrado en urgencias no obtuve un diagnóstico. Efectivamente tenía una infección: una celulitis infecciosa.

Celulitis Infecciosa

 

No tenía ni idea de que era eso y por qué de repente había que hacerme sí o sí una cesárea de urgencias. Yo estaba destrozada, otra cesárea y no entendía por qué. Vino un ginecólogo amigo de mi familia, que me explicó en qué consistía la infección y porqué era tan peligrosa:

“La infección está muy avanzada y avanza muy rápido, corres el riesgo de hacer una sepsis y morir los dos”

Realmente yo me encontraba tan mal que si que temí por nuestras vidas y entonces asumí que mi situación era realmente para una cesárea, esta vez sí, justificada.

Me preparé psicológicamente lo más rápido que pude para el momento, y cuál fue mi sorpresa que al llegar a observación antes de entrar a quirófano estaba una de mis amigas monitorizada. Un momentazo y un desahogo con una buena amiga, con la que me tranquilicé y entré un poco mejor al quirófano.

Aun así no podía dejar de temblar, una mezcla de miedo, dolor en la pierna y el frío que hacia en el quirófano. Mientras me ponían la epidural y me pedían que me estuviese quieta, con el añadido de que llevo tatuada la espalda y el anestesista me reñía por ello, me puse a llorar.

Pero conforme me tumbé empecé a aplicar mis estrategias de relajación y conseguí abstraerme (más o menos porque el anestesista se empeñaba en que me debía de quitar con láser el tatuaje cuando me recuperase…).

Y llegó el momento en el que sacaron a mi pequeño y me incorporaron para verle. No me lo pusieron encima pero lo pusieron en una cuna donde yo lo veía mientras lo revisaban. Y yo lloraba, no podía parar. Me lo pusieron a los pocos minutos pegadito a la cara y mientras yo estaba en mi mundo con mi bebé ahí pegado sucedió algo que me dejó fuera de juego.

Y en plena cesárea, aún con abdomen abierto después de sacar la placenta, cuando la ginecóloga me dice:

“Uy, se te ha olvidado firmar el consentimiento para la ligadura de trompas”

¿QUEEEEE?

¿Qué ligadura de trompas? ¡Yo no quiero que me toquéis nada!

No daba crédito. Como ya tenía una cesárea anterior habían decidido que yo ya no debía de tener más hijo.

Moraleja

Leed bien todo lo que os den a firmar antes de entrar en un quirófano porque igual te encuentras con que ellos han decidido por ti
y tú has dado tu consentimiento sin darte cuenta.


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Maternidad, danza, psicología, tecnología todo eso unido es mi hábitat, compaginar unos con otros formarme en unos y en otros es lo que me ha hecho ser como soy y estar donde estoy, en proyectos potentes que despegan con fuerza. Y con esa misma fuerza he emprendido el mío propio. Meliquet. El lugar desde que pretendo hacer mi aportación para mejorar este mundo.