Influenciados por la cultura en la que vivimos inmersos, una cultura de separación básicamente, solemos pensar en los bebés como en unos seres que no hacen más que comer, dormir y llorar, y a los que, además, resulta muy cansado y difícil cuidar y entender.

 

 

Por otro lado, las películas que hemos visto desde siempre, nos han mostrado invariablemente que los bebés “deben” nacer en un entorno hospitalario esterilizado por completo, y que sin la ayuda del personal sanitario, es muy peligroso o imposible que el bebé nazca o que el parto se desarrolle de forma segura.

Más adelante, durante los primeros meses de crianza del bebé, las madres se ven sometidas a un constante juicio, un juicio que normalmente va en contra de lo que le dicta el instinto. Durante generaciones, las mujeres hemos ido alejándonos de nuestros instintos maternales para la crianza, y nos hemos visto empujadas a criar de una forma antinatural.

También influye directamente cómo nos han criado nuestros padres, ya que la imitación es la principal forma que tenemos de aprendizaje durante los primeros años de vida. Repetimos los patrones de crianza que hemos recibido de forma automática y es un verdadero esfuerzo querer hacerlo de forma distinta.

En este ambiente poco propicio para la buena comunicación con nuestros bebés, nuestros sentidos juegan un papel fundamental.
Los sentidos son las herramientas que tenemos para comunicarnos con el mundo
y también para captar información y estímulos. Cuando nacemos (de forma sana), venimos provistos de los cinco sentidos, algunos más desarrollados que otros. Gracias a ellos podemos vivir y representan nuestro potencial para un óptimo desarrollo neurológico y emocional.

 

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  • El tacto.
    Es el primer sentido que se desarrolla en los humanos. Ya  en el líquido amniótico,  las paredes del útero ejercen  el primer masaje estimulante del bebé. El tacto estimula las conexiones neuronales ya desde el útero. Durante el nacimiento, el paso del bebé a través del canal de parto, también tiene una gran influencia en la salud del bebé a muchos niveles.

  • El olfato.
    El olfato también se desarrolla durante la gestación, y el bebé reconoce a su madre por los aromas en los que ha estado inmerso dentro del útero. La leche materna, el calostro, tiene un olor muy similar al líquido amniótico, así que el bebé es capaz de guiarse solo desde el útero al pezón, a su salida del cuerpo de su madre.

  • La vista.
    Se ha podido comprobar que un bebé recién nacido es capaz de ver muy bien a una distancia corta, de entre unos 15 y 45 centímetros de distancia. Esta distancia es justo la distancia que le separan de los brazos y pecho de su madre a los ojos de ésta. Los bebés que han nacido de un parto normal, no medicalizado, tienen los ojos muy abiertos y hacen contacto visual principalmente con su madre, y son capaces de sostener esa mirada durante largo rato. La vista es uno de los sentidos que está estrechamente relacionado con el establecimiento del vínculo afectivo.

  • El oído
    Este sentido está completamente desarrollado a las 16 semanas de gestación. El bebé escucha los ruidos amortiguados a través del líquido amniótico y el cuerpo de su madre. Además de la voz de su madre, que es la que percibe con más claridad y que reconoce a la perfección cuando nace, también oye muchos ruidos provenientes del cuerpo de ésta. Es capaz de reconocer melodías cantadas por la madre durante el embarazo y eso le relaja si está nervioso o irritado. Por una serie de estudios, está demostrado que la voz de la madre es su preferida ante cualquier otro sonido o música.

  • El gusto.
    El gusto también lo va desarrollando el bebé durante la gestación. El sabor de su madre, del líquido amniótico y la leche materna, que varía ligeramente según lo que haya ingerido la madre, le van mostrando un abanico de diferentes sabores.

 

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El Masaje infantil  y los sentidos.

Cuando realizamos masaje infantil a nuestro bebé,  el tacto es el sentido que más relacionamos con esta práctica, pero no sólo este sentido juega un papel importante en la estimulación del bebé. También la vista, el olfato y el oído.

Durante la sesión de masaje, el bebé percibe el olor de su madre por la cercanía, por ello es tan importante que el aceite que se use sea lo más inodoro posible.
Cuando pedimos permiso antes de empezar el masaje, sabemos a qué distancia de los ojos del bebé debemos frotar nuestras manos para que nos pueda ver, sobre todo cuando es muy pequeñito. Y también vemos por qué es importante mantener el contacto visual con él durante nuestra sesión de masaje.
La voz de la madre o el padre, sea con palabras de cariño o alguna melodía, va a captar la atención del bebé y también va a contribuir a que esté tranquilo y relajado.

La interacción que se establece entre madre/padre y bebé durante la sesión de masaje infantil es muy completa a todos los niveles sensitivos, contribuyendo al buen desarrollo neuronal del bebé y también favoreciendo y fortaleciendo el vínculo emocional. Gracias a esta interacción los padres tienen una nueva oportunidad de reconectar con sus instintos más profundos.

Además es una práctica idónea para conocer a los bebés y aprender a reconocer sus señales, lo que ayuda a los padres a satisfacer las necesidades reales de sus bebés de forma más instintiva, rápida y eficaz. Todo esto resulta en unos padres empoderados y unos bebés felices.


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Soy madre de Mario (2011) y con su llegada mi mundo se puso patas arriba. De pronto me di cuenta de lo equivocada que estaba con tantas ideas preconcebidas y mitos sobre la maternidad. Gracias a él, aprendí a escucharme más a mí y a escuchar también sus necesidades. Quise seguir más allá y por eso me estoy formando como Asesora Continuum, Asesora de Porteo, Asesora de Lactancia y Educadora de Masaje Infantil. Todo con el único objetivo de acompañar a otras familias en su camino a una maternidad y paternidad más consciente.

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