Lo que no nos gusta escuchar

Lo que no nos gusta escuchar

Os voy a contar una historia:

Érase una vez una mamá, que muy preocupada por su hija, decidió acudir a un profesional. La pequeña de  cuatro  años tenía pavor irracional a determinados ruidos fuertes como el arrancar de una moto. No era  un miedo normal, era verdadero pánico, un miedo tan irracional que perdía el control de sus actos. Tras la consulta, la madre salió muy enfadada pensando:

“¡Este hombre qué sabrá!”, “¡no tiene ni idea!”  “¿cómo es capaz de decir que yo no quiero a mi hija?”.

¿Por qué reacciono así esta madre ? ¿Realmente le dijo el especialista que ella no quería a su hija?
Tras la consulta y valoración, este profesional lo que le dijo a la madre de esta pequeña fue que la actitud de la niña podría deberse a la  falta de apego  con su  madre. Que no habían conseguido establecer un vínculo de apego seguro.

¡¡¡Qué barbaridad!! ¡¡¡Pero cómo puede insinuarme que yo no quiero a mi hija!!!  ¡¡¡Qué tendrá que ver!!!

¿Os podéis imaginar el sentimiento de esa madre? ¿Pensar  que tus actuaciones han provocado algún mal a lo que más quieres en este mundo?

Es fácil asociar la falta de apego con la falta de cariño o amor,  la realidad es que falta información, mucha información.

 

A ninguno nos gusta oír que nos hemos  equivocado en lo que a nuestros hijos se refiere. Nuestra intención siempre es hacer lo mejor para ellos: lo mejor que sabemos y que podemos.

Con la maternidad he descubierto un camino que es como una hoja de doble filo entre la generosidad absoluta y el egoísmo puro.

En cada asesoría y relación que tengo con una familia me recuerdo que cada madre es la mejor madre que puede tener su hijo. Juzgar está prohibido porque detrás de cada decisión hay unas circunstancias determinadas. Pero debemos tener siempre los oídos, ojos y sentidos bien abiertos y saber leer entre líneas, estar receptivos, perdonarnos, y actuar,  porque eso, sin duda,  va a contribuir a ser la mejor madre para nuestros hijos.

Dejando aparte si tuvo o no delicadeza el profesional del comienzo al  hablarle así a esa madre, vamos a quedarnos simplemente con el diagnóstico: falta de apego seguro.

Aunque es muy duro escucharlo, al analizar el caso desde el origen se explica todo.

Fue un parto complicado y largo, y al poco tiempo de nacer el bebé lo llevaron a la incubadora con una ictericia grave que dio lugar al alta de la madre pero no del bebé. A la madre le permitían ir cada tres horas a visitar a su bebé pero nadie le dio más información, incluso le animaron a quedarse en casa descansando por las noches.

Y cuando uno piensa que las cosas no pueden ir peor pues parece que se tuercen un poco más. Según le dan el alta al bebé a esta mamá la tienen que intervenir de urgencias y por tanto no pudo cuidar a su bebé como le hubiera gustado.

Durante muchos meses la bebé lloraba sin parar, cosa que no ayudaba para nada al estado anímico de la pobre mamá. Incluso llegó a pensar “¿y esto es la maternidad?”. Con el tiempo eso mejoró y tuvo la oportunidad de disfrutar con su segunda hijo la maternidad de otra forma.

Claramente los principios de esta relación fueron difíciles, y sí, podríamos decir que hubo falta de apego, que no de amor.

Tuvo un apoyo físico incondicional por parte de su marido y familia, se lo hicieron todo, teniendo una rápida recuperación. Esto ayudó a que se curaran sus puntos pero no otras heridas más profundas y menos visibles.

Esta mamá lo hizo lo mejor que pudo y supo con sus propias circunstancias. Siempre desde el corazón, pero no era consciente de la importancia del apego, de ese inicio crucial, de los primeros minutos, de las primeras horas de vida y los siguientes  meses y años de vida. Nunca pensó que tendría consecuencias a tan corto plazo. Porque al fin y al cabo el mensaje sigue siendo: «No pasa nada»

Como muchas otras cosas que nos pasan en la vida, estos comienzos en la maternidad también necesitan su duelo particular.

Os remito a un post reciente » Nunca es tarde» donde Amaya Hansen de Maramayu os cuenta con detalle la necesidad del contacto para el correcto desarrollo del bebé.

A la pequeña y a la mamá  les queda todavía mucho camino por delante para caminar de la mano juntas, sanando esas cicatrices con amor, mucho amor de madre.

 

Esta historia no es real, pero ¿acaso no conocéis historias similares? ¿Hay falta de apoyo emocional y de información? ¿Os habéis sentido juzgadas?  ¿Por otros? ¿Por vosotras mismas? ¿Os habéis perdonado?…

Hay mucho camino por delante.

2015-04-24 00.31.48-1

Ángeles y demonios. Partos que no son lo que parecen.

Ángeles y demonios. Partos que no son lo que parecen.

Aprovechando la cercanía del cumpleaños de mis hijas quiero compartir con vosotros un post muy personal, sobre algo a lo que no me atreví a ponerle palabras, hasta ahora.

Hace 4 años de mi primer parto y  1 año del segundo. Un parto fue inducido, el otro espontáneo. Uno fue respetado, el otro no. Uno lo viví con confianza, el otro estuvo lleno de violencia y miedo.

Hasta aquí lo más normal sería asociar la violencia obstétrica, las faltas de atención a mis necesidades y de respeto a la inducción. Pues no fue así.

Os cuento:

 

Hace 4 años, de madrugada, me puse de parto. Cuando las contracciones comenzaron a ser regulares nos fuimos al hospital. Exploración, tactos, monitorización continua,… Todo lo que se supone normal, eso que me había estado informando. Y como era primeriza, a la habitación.

Allí tuve muchas contracciones, fuertes y seguidas, pero nadie vino a preguntar. Estuve como mucho un par de horas.

Cuando  expulsé el tapón mucoso me volvieron a llevar a la habitación de dilatación (si lo sé no voy) y de nuevo monitores, a la cama tumbada (en la habitación no había parado de moverme y andar), tacto: “¡Has dilatado 7 centímetros! ¿Has roto la bolsa?”, “No estoy segura, creo que no”, “Esto está sin romper”, noto una varilla y a continuación aluvión de agua, aún me sigo preguntando por qué.

Pasa la ginecóloga: “¿Qué, ya estas pidiendo la epidural?” (cara de sorna). Como digo que no la quiero, se va.

Otro tacto, cara de susto de la matrona, que le dice a alguien más que había allí, no recuerdo quién, “hay que coger una vía.”

 

Y allí estaba yo, en medio de todo aquello, sin pintar nada, sin decidir nada, sin opinar nada, sin voz en nuestro parto y, ahora también, asustada, muy asustada ante la cara de miedo de una matrona que necesita cogerme una vía y yo no sé por qué, no sé qué pasa. Hay algún problema, lo intuyo, se ve en sus caras, pero ¿por qué nadie me lo cuenta, por qué no me dicen nada? Es mi hija… la angustia es indescriptible.

 

“Esta en cefálica posterior”.

 

Por fin alguien decía algo, pero ¿eso qué era? No recuerdo cómo, al final me enteré de que estaba mirando hacia arriba.

 

La actividad seguía a mi alrededor, una auxiliar venía a lavarme las piernas de vez en cuando y muy poco amablemente le pedí que no volviera, ya me lavaría yo. Volví a ponerme de pie, nadie hubiese conseguido que me tumbara aunque me hubiesen atado a la cama, me olvidé de la vía, tanto que casi me la arranco un par de veces. Me apoyaba en mi marido, le hincaba los dedos, pero sin él no hubiese aguantado las contracciones. Sentía el apoyo de mi hermana (que como es enfermera la dejaron colarse) pero había un abismo entre el personal y yo, y nosotras.

El parto iba avanzando pero entre contracción y contracción venía la matrona a meter la mano e intentar darle la vuelta a la niña.

 

Siempre me preguntaré que habría pasado si no hubiese roto la bolsa, si hubiese dejado a mi niña en paz, tal vez ella se habría colocado.

 

Seguía empujando. La actividad seguía a mi alrededor, la matrona intentando dar la vuelta a la pequeña pero sin explicarme nada, otra opinando que si me cambiaba de postura, que si a cuatro patas, que si me movía,… y la matrona diciendo que no me había quedado quieta ni un minuto.

Hasta que decidieron que era el momento de ir al paritorio.

 

“No quiero ir. No me llevéis. No quiero subir al potro”. Pero ni siquiera recuerdo si las palabras salían de mi boca o solo las pensaba. Estaba agotada. Nada era como había pensado, como imaginaba, como quería…

 

Me llevaron al paritorio andando, casi a rastras, me subieron al potro (ganas de ponerlo más difícil aún) y me pidieron que empujara cuando tuviese ganas…

 

Un empujón y veo pasar las tijeras, esas que sabía que me iban a cortar en lo más intimo, esas que sabía que me iban a hacer daño, aunque en ese momento no me dolieran, esas que sabía que me iban a marcar para siempre y que tanto dolor me provocaron después.

Mi mente decía NO, mi cabeza se movía diciendo NO, toda mi alma decía NO.

Pensaba: “dejadme un poco más” “dadnos otra oportunidad”.

 

Y cortaron.

Dos empujones más,  la niña estaba fuera.

 

Enfermería_desarrolla_una_modalidad_innovadora_para_el_proceso_de_parto2

 

Me la pusieron encima, sólo un momento, hasta cortar el cordón, se la llevaron al peso y demás cosas innecesarias que justifican la separación. Me la pusieron de nuevo encima, la dejaron mamar un par de minutos y se la volvieron a llevar… a neonatos. Pero eso da para otro post.

 

Hace un año, casi en la misma fecha, mi ginecóloga se empeñó, sin tener en cuenta lo que yo pensaba, en que para la FPP (fecha probable de parto) tenía que ingresar para una inducción. Soy diabética y ella había decidido por mí que no podía pasarme ni un día, que era demasiado arriesgado, aunque nunca me hablo de los peligros de una inducción, esos los tuve que buscar yo solita.

Le expliqué que ya había tenido una mala experiencia en ese hospital y que había decidido dar a luz en otro. Su cara fue todo un poema, pero yo ya había decidido, era lo que había.

Los controles de las últimas semanas me los hicieron también en el hospital que yo había elegido. Todo estaba bien, podía esperar un poco.

Hablé mucho con la ginecóloga, le pregunté, resolvió mis dudas, me explicó los riesgos de pasarme mucho de la FPP y los de la inducción, me dio toda la información y yo, mi marido y yo, decidimos.

Esperamos. Esperamos unos pocos días, seguimos con los controles, pero la pequeña no quería nacer y empezábamos a preocuparnos, así que nos decidimos por la inducción: decidimos nosotros. Recuerdo sus palabras: “Aquí hasta los partos inducidos los tratamos como naturales”.

Cuando ingresé, la primera sorpresa agradable fue que ya había conocido al matrón y que éste sabía lo que buscaba, lo que quería y lo que no me había gustado de mi anterior parto.

Los pasos fueron los habituales de una inducción: monitores, control, administración de  prostaglandinas sintéticas (sustancias que provocan que se borre el cuello del útero), más monitores, vuelta a la habitación y revisiones cada tres horas.

Fui a la primera revisión, a la segunda no llegué. Las contracciones comenzaron a ser seguidas y fuertes, mucho más fuertes que en el otro parto. Me metí en la ducha, eso aliviaba bastante, estuve en la habitación, tranquila, a mi ritmo, todo el tiempo que pude, después me fui a paritorios.

Una habitación de dilatación, una cama, una pelota, monitores, mi marido, yo y de vez en cuando el matrón.

 

“¿Has comido?””¿Te has puesto insulina?” “Vamos a ver cómo está el azúcar.” “Tomate un zumo que esta bajita.” “El azúcar no sube, voy a cogerte una vía para ponerte un poco de suero para que no te dé un bajón.”

Explicándome todo, consultándome todo, teniendo siempre en cuenta mis deseos y haciéndome saber por qué no podían ser algunas cosas.

 

-“¿Quieres ir a la bañera de dilatación?”

-“Sí, por favor. El agua me relaja mucho”.

-“La preparamos y te aviso”.

 

En todo momento me sentí escuchada, por allí no apareció nadie más (porque no hizo falta), mi marido respetado, implicado, participando. Me sentí libre de expresar cada necesidad o sensación.

 

Me metí en la bañera, estaba en mi mundo, no tenía que pensar en nada, nada me preocupaba. Solo de vez en cuando tenía que ponerme la monitorización discontinua.

Dolía, pero en el agua se llevaba mejor, me dieron ganas de empujar y empujé. Vino a mi lado. Volví a empujar, otra vez más y otra. Sentí el anillo de fuego y seguí empujando.

Silencio.

Nadie me molestó, ni me dijo qué hacer, estaba yo, solo yo y mi hija y mis sonidos, mis gruñidos, mis sensaciones.

Nació.

La pusieron sobre mí. Mi marido estaba al lado. La olí, la sentí, la miré, la oxitocina nos inundó y la quise.

Cuando el cordón dejó de latir mi marido lo cortó.

Me cosieron un desgarro. Se llevaron a la niña para pesarla (eso no me gustó) y me la volvieron a traer. Pretendían vestirnos pero no lo permití y allí nos quedamos PIEL CON PIEL.

Lo que pasó después también da para otro post, pero eso ya otro día.

 

Y hasta aquí mi alma desnuda.

Fueron dos partos muy distintos. Dos bienvenidas al mundo para mis dos amores que no tuvieron nada que ver. En ambos sentí el amor de mi marido apoyándome pero en uno le trataron como a un espectador, en el otro como a un PADRE.

No defiendo ni critico en este post las inducciones. Solo quiero compartir mi experiencia con vosotros.

A veces ni lo bueno es tan bueno ni lo malo es tan malo. No hay ángeles ni demonios. No hay decisiones malas ni buenas.

A veces nos gustaría cambiar lo pasado, pero ahí está para enseñarnos, para cambiarnos, para ayudarnos, para guiarnos.

Quiero en este post agradecer públicamente a Alberto que asistió mi segundo parto e hizo posible que todo fuese tan maravilloso.+

 

 

 

 

Alta demanda. Vengo a pedirte perdón.

Alta demanda. Vengo a pedirte perdón.

¡Te escribo para pedirte perdón!

Hace dos años estoy segura de que te juzgué. Estoy casi 100% segura de que alguna vez te miré mal en el avión o puse los ojos en blanco cuando tu hijo se puso a llorar en el tren y tú no pudiste calmarlo. Yo soy esa chica que abrió su ordenador con desdén y se colocó los cascos con desmanes para que notaras mi incomodidad. Mejor dicho, yo “era” esa chica, y hoy vengo a pedirte perdón.

Hace unos dos años nació mi segunda hija. Una alegría inmensa que vino de la mano de un gran descubrimiento: Los niños “exigentes” existen.

Estos dos últimos años de mi vida han sido intensos en muchos aspectos. Han sido intensos en aprendizaje (me he formado y sigo formándome como Asesora Continuum) e intensos en cuanto a la crianza de mis pequeños. Soy la orgullosa madre de una niña de “Alta Demanda”.

Mi imagino que ahora mismo, al leer estas palabras “Alta Demanda”, se habrán producido tres tipos de reacciones:

  •  Reacción tipo 1:
    • “No me creo que una Asesora Continuum etiquete a su hija de esa manera. La “Alta Demanda” no existe. Sólo existen las madres “bajo oferentes”. Todos los niños son demandantes.
  • Reacción tipo 2:
    • “¿“Alta Demanda”? ¿Eso qué es? ¿Será mi hijo también de “Alta Demanda”? A ver qué me cuenta esta mamá…
  • Reacción tipo 3:
    • “¡Dios! Qué alivio siento cuando leo a otra madre a la que le pasa lo mismo que a mí. Ya pensaba que me estaba volviendo loca, o que soy una floja, o incluso una mala madre.

Pues bien, tengo respuesta para los tres tipos de reacciones.

 

Respuesta para los del primer grupo:

A ti que ahora me juzgas por definir a mi hija como una niña de “Alta Demanda” te puedo decir que te entiendo. Que las etiquetas son peligrosas y que muchas veces etiquetar consigue lo que en textos de literatura se conoce como “La profecía autocumplida”. Una afirmación que, una vez hecha, es en sí misma la causa de que se haga realidad.

A ti que tienes la suerte de no saber lo que es un niño de “Alta Demanda” no te voy a convencer de nada. No es mi finalidad al escribir este texto. Tan sólo te voy a pedir que cuando veas a una familia pasarlo mal por la “intensidad” de sus hijos, no te sientas más y mejor madre que esa madre… no sabes cuánto tiempo lleva sin dormir más de 4 horas seguidas o lo mucho que le cuesta cada una de sus actividades diarias… Sé generosa y simplemente no le crees más incomodidad. A ella también le gustaría que todo fuera más fácil.

 

Respuesta para los del segundo grupo:

A ti que te interesa el tema, o que no conoces bien qué es eso de un niño de “Alta Demanda”, te cuento que debajo de esta “etiqueta” se agrupan niños que comparten algunas características que te nombro a continuación. No todos son iguales, o no todos presentan todas estas características a la vez, pero lo que sí te puedo asegurar es que sus cuidadores sí presentan exactamente los mismos síntomas: agotamiento extremo, frustración y hasta la incertidumbre de no saber si son o no buenos padres.

  • Los niños de “Alta Demanda” son como todos, requieren de mucha atención pero existe una pequeña diferencia: estos niños la requieren constantemente. Su nivel de demanda es absorbente y en la práctica totalidad de los casos, esas demandas solo pueden ser cubiertas por la madre o en menor medida por el padre y cualquier intento por parte de otra persona (abuelos, tíos, amigos, cuidadores) por colaborar y ofrecer atención, es directamente rechazada por el pequeño de forma notoria.
  • Otra característica que resulta contradictoria en estos pequeños es que son a la vez niños “valientes y curiosos”, combinado con “temerosos e inseguros”. Creeréis que esto es imposible, pero tiene una explicación:
    • Este tipo de niños tienen una alta capacidad de captar estímulos,  son “absorbedores” de información constantemente. Cuando están en “modo aprendizaje” muestran un entendimiento algo superior a lo que se espera de su edad y el mundo que les rodea les atrae y les  impulsa a investigar. Pero en otras ocasiones esos estímulos los sobrepasan, convirtiendo ese mismo entorno en algo hostil para ellos.
    • En consecuencia son niños que lloran con mucha frecuencia, y además ese llanto es exagerado y puede durar mucho tiempo aun cuando, como madre, estés 100%  orientada a tratar de calmarlos.
  •  Un rasgo que  sí comparten todos los niños de “Alta Demanda” es su alta sensibilidad. Dicho de otra manera, son muy emocionales o emocionalmente inestables. Expresan lo que sienten con gran dramatismo, ya sea su alegría o su malestar, y tienen cierta tendencia a las «rabietas». Vistos desde fuera, pueden parecer niños “malhumorados” o poco sociables, pero de verdad que en su “hábitat conocido” son pequeños intrépidos y cariñosos que no dejan de sorprenderte y maravillarte.

Leído todo así puede parecerte un horror, y eso que no te he contado todavía que no suelen dormir mucho, que tienen una voluntad de hierro, que les gusta elegir su ropa, que son exigentes con su comida, que son muy despiertos, que no cambian de opinión con premios, que son de ideas fijas, que necesitan de contacto físico constantemente, que no les gusta dormir solos… Buuffff creo que con esto ya puedes hacerte una idea pero me guardo lo mejor para los del tercer grupo.

 

Respuesta para los del tercer grupo:

Nuestros niños, inquietos y nerviosos, hipersensibles y obstinados, son lo mejor que nos ha pasado en la vida. Ellos son el motor de muchos cambios. Son la recompensa que está por llegar. Son nuestro camino de superación.

Tenemos que saber que nuestros pequeños temperamentales no están enfermos, ni tienen ningún tipo de problema y sobre todo convencernos de que no es culpa de nadie que tengan ese carácter (soy madre de dos, y el mayor tiene otro tipo de carácter que nada tiene que ver con el de su hermana). En nuestras manos está hacer esto lo más llevadero posible hasta que lleguen a ser los maravillosos adultos que llegaran a ser ¿cómo?

  • Trabajando en tener una relación cercana y extremadamente afectuosa con ellos. Yo tengo demostrado que mientras más tranquila estoy yo, más fácil es todo con mi hija.
  • Fomentando el contacto. Contenerlos y abrazarlos. Para mí el porteo ha sido la solución a tantas cosas y a tanto llanto que lo considero casi como una prescripción médica.
  • Trabajando nuestro propio autocontrol. No permitirnos que nuestra falta de sueño, nuestro cansancio o nuestras ganas de hacer “algo” sin oír quejidos nos desborde. No criticarlos. No calificarlos. No etiquetarlos. Pero sobre todo no dejar que nuestro entorno lo haga. Defender a nuestros pequeños del desconocimiento de los “opiniólogos”. Esa es la base de su futura autoestima: Nuestra opinión.
  • Eligiendo las batallas que vamos a librar y esas ganarlas. No podemos decir “si” a todo lo que nuestros niños nos demandan. Evaluar en cuál de sus exigencias podemos claudicar y en cuáles no, y en esas ser firmes. En unos años nuestros niños se enfrentarán a un mundo que muchas veces les dirá “NO” y deben disponer de herramientas para afrontarlo.
  • Dejándoles ser quienes son. No los vamos a cambiar, son así. Es una cuestión de carácter, de temperamento. Tenemos que dotarlos de herramientas para canalizar sus frustraciones y si somos capaces de adelantarnos a una rabieta, debemos reaccionar rápido y cambiar de tercio.
  • Pidiendo ayuda cuando lo necesitemos. Qué difícil es esto a veces. Sabemos que nuestros hijos rechazan estar con otras personas, pero la ayuda puede venir de muchas maneras. Una ayuda en casa con todo lo que no has podido hacer porque llevas varias horas de llanto, quedar a comer con amigos al aire libre en lugar de en un restaurante, pedir directamente que no te juzguen o que no juzguen a tu hijo…
  • Reforzando sus avances. Son niños que cuando están de buenas son tan cariñosos y sensibles que en esos momentos tenemos que hablarles y hablarles y hablarles. Mostrarnos agradecidas por conectar con nosotras y darles mucho mimo para que quieran mantenerse en ese estado fantástico de conexión.
  • Queriéndolos y aceptándolos. Sé que los queremos, que los queremos mucho, pero también sé que hay momentos que nos superan y momentos en los que las fuerzan flaquean. No te sientas mal. Somos humanas. Sigues siendo una madre maravillosa.
  • 11131778_10153037428784279_1323658502_n

Y bueno, realmente es a ti que estas en este tercer grupo a la que quería pedirle perdón. Nunca imaginé a qué te estabas enfrentando. Nunca intuí cómo te molestaba mi mirada de soslayo cuando tu hijo lloraba y jamás pensé que realmente tú fueras lo que ahora sé que eres:

¡La mejor madre que un niño de alta demanda
puede tener!

¡Tienes toda mi admiración!

Ana Gª del Río
www.AnaDelRio.es

Para gustos los colores

Para gustos los colores

Ser historiadora y humanista es algo de lo que una no puede -ni quiere- desprenderse, pero a menudo supone para mí llevar al extremo de la investigación antropológica cualquier realidad cotidiana que me toca de cerca, en la vida o en la profesión. Un ejemplo de eso es lo que os traigo hoy en este post: una breve, pero espero que clarificadora, perspectiva de lo que yo llamo «Las otras maternidades», una visión desde de la historia de las mentalidades, o lo que es lo mismo la versión post…

PARA GUSTOS… LOS COLORES

En las últimas semanas, he leídos varios artículos en los medios y posts en las redes, surgidos a raíz de las declaraciones de los diseñadores Dolce & Gabanna sobre el derecho de los gays a tener hijos. La mayoría, en mi humilde opinión, han sido lo que yo llamo «post viscerales» que surgen del #yomemíconmigoymiegotenemosmuchoquedecir, tan difícil de abandonar, y no de la reflexión pausada y serena que debería acompañar a cualquiera que escribe algo sobre otros y para otros y siente o cree que puede aportar algo, más allá de la opinión personal, muy respetable, esos sí, pero poco instructiva en la mayoría de los casos.

Me llamaron especialmente la atención un par de artículos denostando a todas aquellas personas que desean ser madres o padres, más allá de su condición física, su elección afectivo-sexual o sus condiciones económicas o realidades familiares, con argumentos biologicistas poniendo en entredicho la libertad o el derecho de ser familia de otros, por el simple hecho de que biológicamente no tengan esa posibilidad o el camino hasta ella les sea más arduo.

Sorprendentemente venían de personas y profesionales que respeto mucho y que supuestamente son afines a la «crianza respetuosa». Y uso con mesura este concepto porque respetuosa, tiene para mí un cariz bien distinto y alejado del juicio, el sentimiento de superioridad o de estar en posesión de la verdad absoluta. Este hecho me preocupa especialmente, puesto que la forma, «crianza respetuosa», debería acompañar el fondo «actitud respetuosa», que últimamente no veo mucho y que no debería referirse únicamente al trato con nuestros hijos, sino con todas las personas de nuestro entorno.  Si no, flaco favor nos hacemos al abanderarnos de ideologías o posiciones con las que no somos capaces de ser consecuentes después en el día a día.

Tomar partido significa ser honesto, con uno mismo, con nuestro origen, nuestro destino y nuestros fantasmas, miedos, tabúes y sonrojos, perdonarnos para perdonar,  aprender a amar desde la diferencia y a respetar desde el corazón.

Y es que si algo he aprendido en esta vida, con sus cambios de rumbo, sus lecciones, sus errores, las personas que han dejado en mí un poso profundo, las experiencias vividas propias y compartidas, y después de más de siete años al lado de personas en su despertar como familia, es que no hay verdades absolutas, no hay fórmulas mágicas únicas, no hay soluciones mejores que otras, ni caminos perfectos y a cada cual le sirve su verdad. Estoy segura de que mi experiencia personal y profesional me ha llevado a querer visibilizar la riqueza que aporta la diversidad. 

Cuando una bucea por las profundidades del ser humano a lo largo de los siglos se enfrenta a menudo con etapas históricas, corrientes religiosas o visiones políticas o culturales fruto de un tiempo concreto, del miedo, la intolerancia, el ego, la injusticia, y hasta la sinrazón. Por eso es bueno para la evolución como sociedad y como especie, no anclarse en ningún pensamiento de manera categórica, ni pretender sentar cátedra sobre sistemas, opciones o elecciones que nos son válidas hoy, aquí y ahora, a nosotros, pero que no necesariamente van a evolucionar con los tiempos y a adaptarse a nuevas formas y sistemas de vida futura.

Esto es, grosso modo, lo que siento que está ocurriendo hoy en ciertos sectores de esta «crianza respetuosa»: sentimos que hemos vuelto al origen, a lo natural, a la esencia de las necesidades biológicas como especie de nuestros bebés y nuestras madres y nos vanagloriamos de ser pioneras del cambio. Y eso está bien, obviamente yo abogo también por un cambio de paradigma que nace de una maternidad y paternidad más consciente, pero me preocupa enormemente que esos puntos de vista, marginen o juzguen la realidad de otros, que escapan a lo «normal», habitual o convencional, y hasta diría, a lo políticamente correcto, porque nuestra sociedad no es blanca y negra, ni siquiera está teñida en escala de grises, sino que brilla cada día con tonos nuevos, y está claro que para gustos, los colores.

Si uno se para unos minutos a reflexionar sobre su vida, sobre las personas que conoce (familiares, amigos, compañeros del trabajo) seguramente verá que no hay dos realidades iguales, que no hay dos personas idénticas,  ni hay dos modelos familiares siquiera parecidos.. y aún así juzgamos. Y juzgamos porque somos fruto de nuestro tiempo también, porque tememos al «otro» y a lo que nos aleja o distingue de él, pero también a que se parezca en el fondo demasiado.

Hoy, aún vivimos nuestras maternidades y paternidades en una sociedad castradora. Durante toda nuestra vida, sufrimos una y otra vez de la insana costumbre de etiquetar, de constreñir, de necesitar colocar, por miedo a aceptar la diferencia, al «otro» en un lugar distinto al nuestro, como si por ello fuéramos mejores que él. Pasa en la infancia, en la adolescencia y en la vida adulta. Y con la llegada del deseo firme de ser madres y padres surgen de nuevo los miedos personales, los tabúes y los prejuicios de la mayoría, y somos muchos y muchas los que debemos enfrentar las críticas, las miradas y a menudo el desconocimiento sobre nosotros y nuestras particularidades.

Vivimos en una sociedad -la occidental-eurocéntrica- compleja, abierta, democrática, todo esto entre muchas, muchas comillas, porque supone  una variedad y riqueza a veces difícil de digerir. Salvando las distancias, y si me permitís el símil, somos como el mejor de los buffets de desayuno de un hotel: fruta fresca, en almíbar, zumos, cafés, infusiones, pastas, panes, cereales, embutidos, chocolates, dulces… y así hasta el empacho. Un sinfín de posibilidades, atrayentes, saludables y nutrientes, pero también insanas si no se toman en su justa medida, distintas pero no necesariamente opuestas…

Somos una sociedad global y diversa, en la que cada cual puede encontrar la opción que mejor le parezca, pero ¡ojo! siempre que no toquemos el tema paternidad/maternidad, porque ahí sigue habiendo clases. Ahí se acabó la tolerancia y el ser polite.  Ahí enarbolamos de nuevo la bandera, y resucitamos a la Santa Inquisición, ahí nos creemos con derecho a decidir sobre las libertades de los otros. Y lo hacemos, claro está, como intelectuales occidentales y paternalistas, por su bien, porque no saben nada del tema, y nosotros sí, por un fin mayor, y escudándonos en la biología y la evidencia científica, que como es sabido por todos, no deja de ser, aleatoria, randomizada, controlada, parcial y orientativa. Y es que en una sociedad de la información, supuestamente culta, veraz y tolerante, lo ideal seria ver que todos tenemos voz y voto, y que cuando alguien opina, habla o teclea, lo hiciera desde la piedad, en el sentido más latino de la palabra.

Píetas, pietatis; píus, pía, píum; pío, piare, piavi, piatum...

Os invito a practicar la piedad en todas sus acepciones: como inclinación afectiva, como empatía con la realidad del otro, como amor y respeto al individuo por lo que es y no por lo que yo espero que sea, como reconocimiento y cumplimiento de los deberes para con los otros, de aceptación de su identidad e integridad, de amor respetuoso, veneración sincera, de ternura, amistad, equidad, justicia, gratitud y simpatía.

Os invito a vivir sin juicio la diferencia y sus riquezas, a dejar a cada cual, la elección de a quién, cómo y cuándo amar o de cuándo y de qué manera ser familia o de qué tipo. A ser capaces de ver en los demás lo que nos hace iguales y no lo que nos hace distintos. A dejar al margen lo que «es mejor» para nuestros pequeños. Porque ellos sólo necesitan amor del bueno.

Os invito a aprender a difundir nuestro mensaje de «crianza respetuosa» adaptándolo a cualquier modelo, con todas sus particularidades, porque ese sí es un mensaje universal y válido para cualquier bebé y familia.

Porque os aseguro que en esto de ser familia, todos somos Familias Singulares seamos familias homoparentales, lesbomarentales, por reproducción asistida, por maternidad subrogada, por maternidad o paternidad en solitario o adolescente, de adopción, coadopción o acogida, tengamos diversidad funcional, situaciones especiales de prematuridad o enfermedad de progenitores o niños, seamos interraciales o familias reconstituidas o familias sin hijos… En esto de ser familia nadie es más que nadie. Y porque, en el fondo, a todos nos une lo mismo, por un lado, como mamíferos, el deseo intrínseco como especie de contribuir a la evolución, y por el otro, como seres racionales, la voluntad cultural e intelectual de ser familia, esto es, de aportar nuestro granito de arena, de sembrar el amor incondicional y absoluto, de dejar huella, de sentir, de amar, de crecer y de explorar nuevas formas de ser más humanos y en definitiva más personas. ¿No os parece?…

Mamen Conte

Asesora Continuum  y UMUMA, la aventura de ser familia

 

¿Cómo puede ayudarte una Asesora Continuum?

¿Cómo puede ayudarte una Asesora Continuum?

Estás embarazada o eres madre reciente.
Tienes un montón de dudas.
Las personas que te rodean  en vez de responderte tus dudas, las acrecientan.
Oyes historias de partos que dan miedo. Te tratan como a una enferma con pruebas, analíticas, y estadísticas…
A tu alrededor los consejos sobre cómo se crían los hijos parecen historias de luchas de poder y sufrimiento

Y a ti te gustaría…

  • Que alguien te hablara en un lenguaje que entiendes, con tiempo, escuchándote y mirándote a los ojos.
  • Que contribuyera a empoderarte como madre y no a sentirte aún más ignorante de ese nuevo rol que estás empezando a asumir.
  • Que fuera alguien con experiencia propia, con conocimiento verídico y actualizado, sin prejuicios, que sepa informar y te deje decidir.
  • Que te ayudara a encontrar tu propia forma de ser madre.
  • Que te explicara lo que de verdad son necesidades de tu bebé y el por qué  y las consecuencias de lo que hacemos o no hacemos con ellos.
  • Que te acompañara si lo deseas en cualquier etapa del proceso, en todas o en algunas. Tú decides.
  • Que te proveyera herramientas para  disfrutar de esos primeros días y semanas con tu bebé, en vez de sufrir por enfrentarte a una situación que te desborda.
  • Que pudiera asesorarte de forma profesional para que tu lactancia sea exitosa, previniendo problemas que luego te hagan peregrinar en busca de una solución o una cura.
  • Que te sirva de medio para aprender a portear desde el primer día  de la forma más adecuada para tu bebé y para ti, lo que puede ser la mejor solución para darle a tu bebé lo que necesita, mientras tú te vas adaptando paulatinamente al cambio que supone cuidar a tu bebé fuera, tras haberlo hecho 9 meses dentro.

  • Que a medida que tu bebé fuera creciendo tú pudieras consultarle esas dudas que a ti te parecen por untado una tontería, pero que a ti te preocupan.
  • Que si tuvieras a tu bebé antes de tiempo o si éste fuera especialmente único con unas características especiales supiera asesorarte de la forma adecuada y derivarte a profesionales de confianza.
  • Que si por desgracia en el transcurso de este fascinante camino sufrieras un aborto, o una muerte perinatal, recibieras el apoyo necesario, y encontraras algo de luz en ese túnel.

En definitiva:

Si buscas esa persona, nosotras somos tu persona

asesoras continuum

Asesoras Continuum
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.