Aún no estoy preparada para que me tiemblen las manos al ver aparecer la fina línea rosa.
Aún no estoy preparada para mirarme al espejo y reconocer la felicidad.
Aún no estoy preparada para que los párpados se me caigan al final de la tarde.
Aún no estoy preparada para recibir cumplidos y felicitaciones.
Aún no estoy preparada para esos silencios frente al ecógrafo.
Aún no estoy preparada para escuchar tu latido.
Aún no estoy preparada para no escuchar tu latido.
Aún no estoy preparada para ver asomar mi ombligo.
Aún no estoy preparada para que todas las manos busquen acariciar mi vientre.
Aún no estoy preparada para buscarte en mis entrañas después de la cena.
Aún no estoy preparada para llorar y reír en un mismo instante.
Aún no estoy preparada para el control de la semana 11.
Aún no estoy preparada para descubrirme cantándote.
Aún no estoy preparada para quererte y ponerte nombre.
Aún no estoy preparada para ver de mis pechos brotar leche…
…No me metas prisa porque aún no estoy preparada para gestar una nueva vida.
Las prisas nunca son buenas consejeras, y después de un acontecimiento tan intenso y perturbador como un aborto, mucho menos.
Así que, sólo te pido que le des tiempo, que no le insistas en que lo mejor es buscar un nuevo embarazo. No le pidas que mire hacia otro lado y pase por alto lo sucedido. Deja que camine a su ritmo un proceso de duelo necesario para sanar las heridas, sobre todo las del alma, que son las que cicatrizan más despacio.
El duelo después de un aborto es un proceso necesario, con tiempos propios que marca cada madre y que se deben respetar.
Hay personas que, siento decirlo, considero poco empáticas o algo cortas de miras. Personas que, cuando una mujer tiene un aborto involuntario, hacen comentarios como “pero si eres muy joven“ (eso, además, independientemente de la edad que tenga), o “venga, venga, mujer legrada mujer embarazada” o “la naturaleza es sabia”, etc.
A pesar de lo habituales que son estos comentarios que no aportan nada bueno, sé que sí hay gente con bastante comprensión del sufrimiento en una situación así.
A pesar de que es patente la torpeza y la dificultad generalizada para reconocer y aceptar las emociones negativas, propias y ajenas, creo que tampoco hay tanto cazurro que piense “bah, en seguida se le pasará”.
Pero en realidad, ¿qué más da?
No tiene mucho sentido entrar a valorar si sufrir un aborto es digno o no de tristeza y en qué medida; porque nuestra opinión no importa, es nuestra. Quizás deberíamos interesarnos sinceramente por cómo lo está viviendo esa mujer en concreto que tenemos delante.
Es posible que nuestras creencias nos digan que la vida humana no es tal hasta la semana 25 o hasta el momento del parto, pero quizás esa mujer ya se sentía vinculada a ese bebé desde el primer día y lo veía así: como a su bebé. O al contrario, quizás nosotros pensemos que el embrión es ya un ser humano pero esa mujer aún no se sentía madre.
[Tweet «No tiene mucho sentido entrar a valorar si sufrir un aborto es digno o no de tristeza. #AContinuum»]
Lo que importan no son los hechos, sino cómo los vivimos. Da igual, de hecho, que estuviera embarazada o no, cuando una mujer vive la llegada de la regla como un aborto.
[Tweet «Deberíamos interesarnos sinceramente por como lo está viviendo esa mujer en concreto . #AContinuum»]
Esto puede ser más difícil de entender, pero para las mujeres que desean ser madres y no lo consiguen, que ese hijo no llegue supone pasar un duelo como si hubiese estado embarazada y hubiese sufrido un aborto cada mes. Uno tras otro.
Es un duelo porque también es una pérdida. Una pérdida de la vida que querías tener, de la familia que querías formar, de la persona en la que te querías convertir.
“La sociedad tiene tradiciones y rituales para aceptar y asimilar la muerte. Con la infertilidad es distinto. No hay un funeral, no hay resucitación, no hay tumba donde poner flores. La familia y los amigos tal vez nunca se enteran. La pareja infértil llora sola”. Barbara Eck Menning.
Como cualquier duelo, es un duro camino lleno de contrastes.
Primero viene el shock.
Ese momento, muy preciso, en el que eres consciente de que no serás la madre que habías soñado y ves en tu cabeza cómo se derrumba el futuro. Eres incapaz de pensar y al mismo tiempo tu mente no para. Luego pasas por el “no es posible”, por el enfado, por la rabia, por las malas contestaciones a los demás, los instintos asesinos cuando alguien te pregunta :“y tú, ¿cuándo te animas?”, por los pactos con una misma :“seguro que si dejo de fumar, si como mejor, si trabajo menos…”, el llorar y llorar y llorar de pena…. Y, al final, te conformas con poder hablar de ello sin llorar.
Pero no es el final.
Pocas veces en la vida las cosas ocurren de la manera perfecta, cumpliendo nuestras expectativas y sueños… Pero si una mujer quiere ser madre, lo será, encontrará la manera.
Porque el deseo de ser madre no es más que una cantidad de amor tal que se te desborda del pecho sin encontrar a quién dárselo.
Y tanto amor, y de esa clase, debe acabar sosteniendo a un bebé, o quizás otro proyecto vital igual de hermoso…
En mi anterior post te contaba cómo ha evolucionado el mundo del porteo en España en estos últimos años.
Cuánta variedad hay a tu disposición hoy en día que no había ni de lejos hace 5 años.
Como te decía, no solo hay más portabebés y maneras de usarlos, también hay más tiendas donde comprar y más asesoras.
.
Y entre estas tiendas y asesoras hay diferentes criterios, diferentes conocimientos, diferentes maneras de trabajar.
La asesoría de porteo y la venta de portabebés son un sector emergente y, de momento, no hay una formación reglada, ni siquiera unificada.
Es una época emocionante para las que lo estamos viviendo desde dentro, pero puede ser muy confuso para las familias que por primera vez se acercan a este «mundillo» buscando un portabebés con el que llevar a su peque.
Hace unos días me compartían el vídeo de una persona que decía que si buscas un portabebés no te fíes de las tiendas porque solo quieren venderte el portabebés que más le interese. Que busques siempre una asesora de porteo.
Pero la verdad es que nada te garantiza que la asesora elegida sea una buena opción.
Hay tiendas con muy buena asesoría y tiendas con una asesoría no tan buena. Hay asesoras que hacen bien su trabajo y algunas que no tanto. Hay circunstancias que no todas las asesoras pueden afrontar, incluso si son buenas asesoras, con garantías.
Entonces, déjame que te de unas pautas para intentar diferenciar una buena asesoría de la que salgas con un buen portabebés:
.
..
En una tienda te van a asesorar sobre su gama
.
Es lógico, no?
Una tienda trabaja con una gama de productos concreta que ha elegido porque considera que es una buena selección de portabebés bajo su criterio.
Es decir, los trabajan porque, por una cosa u otra, les gustan.
Ten en cuenta que si en la tienda a la que vas no tienen mei tais, no tendrán en cuenta este portabebés cuando te asesoren, así que procura ir a una tienda con una buena selección de portabebés. Lo ideal sería que trabajara con más de una marca de fular, fular elástico, mei tai, bandolera y mochila.
Si en la tienda que tienes a mano no tienen mucha variedad, entonces sí que te interesa contratar una asesoría aparte, en la misma tienda o con una asesora «independiente», para asegurarte de que te asesoran teniendo en cuenta todas las variables.
.
Algunas asesoras son también agentes
.
¿Esto qué quiere decir?
Pues que venden productos de una o varias tiendas. Así que una asesora o instructora de porteo no tiene por qué estar libre de intereses comerciales en la asesoría.
De nuevo, contratar una asesoría suele ser la mejor manera de garantizar una recomendación independiente.
Normalmente, tiendas y agentes, si te asesoran de forma gratuita es porque esperan obtener la retribución merecida de otra manera, es decir, de la venta del producto.
Esto es perfectamente lícito, no creas que lo critico. Solo que lo tengas en cuenta. Si quieres una asesoría completamente independiente, asegúrate de que la persona que te la da obtiene el beneficio de su trabajo: paga por su tiempo y conocimientos.
.
No hay ningún portabebés mejor que otro
.
Depende de las necesidades y situación de tu familia.
En una buena asesoría no usarán esa palabra, «mejor», de forma absoluta. Si escuchas expresiones como «el fular es el mejor portabebés» o «esta mochila es la mejor» me temo que no están teniendo en cuenta que cada pareja adulto-bebé es única.
No hay un portabebés mejor, sino un portabebés que se adapta a unas necesidades concretas. Y bajo esa premisa debería transcurrir cualquier asesoría.
.
.
Una asesora te preguntará y te preguntará un poco más
.
Para encontrar ese portabebés que se adapta a vuestras necesidades, una buena asesora tiene una única fuente de información: tú.
Como asesoras tenemos (o deberíamos tener) suficiente conocimiento sobre porteo, ergonomía, desarrollo infantil, portabebés, etc. (y para eso trabajamos en Asesoras Continuum).
Pero quien tiene toda la información importante para encontrar VUESTRO portabebés ideal eres tú. Así que prepárate para unas cuantas preguntas. Y si no las hay, ponte alerta. ¿Cómo va a saber nadie cuál es el portabebés más adecuado a vosotros si no te pregunta qué te gusta, qué prefieres, qué necesitas, qué esperas, cómo eres?
.
Probar más no significa acertar más
.
Es natural pensar que si hay cinco tipos de portabebés lo mejor es probarlos y elegir cuál te gusta más.
Pero esto no es necesariamente así.
Hay portabebés en el que el uso es más intuitivo que en otros, portabebés que necesitan de un determinado nivel de manejo para sacarles todo el partido, o portabebés que necesitan un ajuste determinado.
Probar desde cero portabebés de características diferentes no los pone en igualdad de condiciones, como quizás supones, sino todo lo contrario. En un primer uso, es casi imposible hacerte una idea del ajuste que se puede conseguir con un fular, mientras que con una mochila sí.
Por otro lado, conseguir que tu bebé «aguante» tanta prueba es bastante difícil. Una cosa es que pegadito a ti esté superagusto, y otra es que esté dispuesto a subir y bajar, ajustar, colocar… varios tipos de portabebés.
Lo ideal sería que, con la ayuda de la asesora, descartes portabebés que no se adaptan bien a tus necesidades y pruebes uno o dos si estás dudando. Pero teniendo en cuenta que la práctica hace al maestro y que cuanta más práctica más cómodo.
.
.
Y si me preguntas por asesoras de confianza, solo puedo recomendarte las Asesoras Continuum, Asesoras Mimos y Teta y Asesoras De Monitos y Risas, que son las que formamos nosotras y conocemos cuáles son su formación y con qué criterios desarrollan su trabajo.
En estas imágenes que acompañan el post tienes unas cuantas, escríbenos si quieres saber si tienes una cerca.
A ti, futura madre, futuro padre, tengas hijos ya o aún no. A ti que ni siquiera te lo has planteado te quiero pedir una cosa: Cierra los ojos, respira profundamente y durante unos minutos imagina cómo será tu parto. ¿Lo has hecho ya?, ¿cómo ha sido?, ¿quién estaba contigo?, ¿cómo te has sentido?.
Ahora plantéate esta cuestión:
¿Crees qué puedes estar condicionada/o culturalmente a la hora de imaginar tu parto?.
Es muy probable que sí, que según dónde vivas tengas ciertas expectativas sobre el parto:
Si vivimos en un país «desarrollado» donde el parto está completamente medicalizado, posiblemente imaginaremos un paritorio lleno de médicos diciendo cuándo debes empujar, qué tienes que hacer en todo momento. Imaginarás estar con tu pareja, o tu madre, o sin nadie.
Por el contrario, si vivimos en una tribu en medio de la selva, posiblemente imaginaremos un parto más salvaje, más mamífero.
También podemos vivir en un país «desarrollado» donde el paradigma sobre el nacimiento está cambiando, e imaginar un parto más mamífero en casa o en el hospital.
No obstante puede haber tantos tipos de visualizaciones como personas existen. Aquí he hecho sólo tres agrupaciones, las que considero más comunes.
La mayoría de las veces estamos muy condicionados culturalmente, y en algunos casos vemos normal aquello que debería ser excepción.
Mi parto fue el que esperaba:
Di a luz hace cuatro años y cinco meses a dos niños maravillosos. Fue el momento más feliz de mi vida. Por fin les vi la carita a mis hijos y pude tocarlos y abrazarlos: una experiencia única.
Viví mi parto como lo más «normal» del mundo.
Fue el parto que esperaba, el que imaginaba. En ese momento no me extrañé de ninguna de las intervenciones a las que mis hijos y yo nos vimos sometidos: oxitocina sintética, epidural, litotomía, episiotomía, fórceps para el primero, sedación, gran extracción para el segundo.
Las enfermeras se llevaron rápidamente al primero para aspirarlo, limpiarlo, pesarlo. Y al segundo, todo eso más reanimación.
Hasta ahí todo «normal». El típico parto que se ve en las películas:
El paritoriolleno a reventar: al ser gemelos, hay extra de acompañantes médicos.
El ginecólogo diciendo: ¡Empuja! ¡Empuja!
El equipo de anestesia cuchicheando a mi espalda.
Mi pareja a mi lado cogiéndome la mano, perdido y sin saber qué hacer para ayudar.
Mis niños al nido. Uno estaba tranquilito, curiosamente el primero en nacer y al que pusieron sobre mí una milésima de segundo, el otro no paraba de llorar y llorar, mi niño, al que sacaron literalmente de mis entrañas y que no pudo ser recibido en mis brazos.
Este video podría ser perfectamente mi parto esperado:
Pero, ¿cómo espera un bebé que sea su nacimiento?:
¿Te has preguntado alguna vez qué es mejor desde el punto de vista del bebé?.
Yo no. Yo traía grabado a fuego lo «normal».
Vamos a imaginar ahora que somos bebés a punto de nacer.
¿Cómo te gustaría nacer?
¿Qué te gustaría sentir, oír, oler?
¿Con quién querrías estar nada mas nacer?
Lo que espera unbebé es nacer como el mamífero que es:
El bebé espera nacer sin intervención, sin medicamentos que le aturdan y le haga más difícil atravesar el canal de parto. ¿Se imaginan corriendo los cien metros lisos habiendo tomado tranquimazin?.
El bebé espera y necesita que su cuerpo se active con una serie de hormonas que produce de forma natural el cuerpo.
El bebé confía en la naturaleza, en la misma que hizo posible que tu cuerpo pudiera crear vida en él, en la misma que hizo que tu cuerpo pudiera gestarlo, y cómo no, también parirlo.
Intervenir un proceso fisiológico en el que no hay complicaciones es ir contra-natura, igual que hacer que un pingüino viva en un desierto.
En este video podemos ver cómo puede ser el parto que espera un bebé:
La imaginación es libre y cada mujer un mundo: con sus miedos, sus creencias. Cada una se sentirá más cómoda y/o segura pariendo en un hospital, en casa o en medio del bosque. Da igual lo que elijan, es una opción muy personal.
Lo importante es que sean libres de decidir estando informadas y trabajando desde las necesidades reales de los bebés.
Y ahora, cierra los ojos, respira profundo, imagina tu parto, el de tu bebé y cuéntame, si te apetece, ¿cómo ha sido la experiencia?
A mí me tocaba hablaros sobre la fiebre, pero ¿sabéis qué? necesito hablaros de mi otra pasión y de lo que veo gracias a ella.
Soy voluntaria de Cruz Roja desde hace 20 años, y el otro día, al llegar a casa, después de un traslado con una sintomatología que he tenido miles de veces,me vi repasando la historia con otra perspectiva. Lo miré como persona y no como profesional. Lo miré como madre, como Continuum, o simplemente como ser humano y me entró una pena enorme.
¿Quieres saber por qué?
..En mi trabajo sé muy bien que las máximas para atender a una persona son la empatía, hablar tranquilo, despacio , con dulzura (si la ocasión lo requiere), ponerte a su altura para que te mire a los ojos, cogerle la mano para que sienta que le vas a ayudar y preguntar qué le ha ocurrido y cómo está.
Hasta ahí todo bien y todos de acuerdo, pero ¿y cuándo es un niño que se ha caído, le duele algo o que simplemente está llorando?. Pues ahí casi toda nuestra sociedad falla y falla estrepitosamente, en la empatía y en todo.
Si un adulto simplemente se tropieza, todo el mundo, o al menos bastante gente, irá a ayudarle a recuperar el equilibrio o preguntará si se encuentra bien. ¿Y si es un niño? Por desgracia, se sigue escuchando esto: «Déjale, que no ha sido nada y, ya se levantará». Puede que incluso le chillen o le regañan por no fijarse por dónde va.
Si una persona llora porque se ha caído y se ha hecho daño, todo el mundo pensará que le debe de doler muchísimo porque está llorando, (y eso en un adulto está mal visto), e intentarán consolar y ayudar. Si es un niño el que lo hace, quizás escuchemos esto: «Deja de llorar que no eres un bebé. Así aprendes. La culpa es tuya por ir como un loco.»
Si vemos a una persona que sufre, la intentamos calmar y si es conocida, la abrazaríamos muy fuerte ¿no? pero a un niño…. a un bebé…..habrá gente que diga: ¡Déjale que llora por nada!, ¡Claro, está acostumbrado a tantos brazos, que ahora no se calma! o ¡ No le puedes dejar con nadie, le has malacostumbrado y ahora tiene mamitis!.
Y lo peor y más cruel, somos flexibles con los adultos e inflexibles con los niños: ¡No le hagas caso que llora por nada, sólo quiere llamar la atención!…. Y todo eso se lo dicen a la madre, para que no escuche lo que le dice su corazón, para que ignore a su hijo…..
En los talleres de primeros auxilios que doy, algunas veces, sale el caso de algún golpe que se ha dado su hijo, y que lo que pensaban que era nada, al final sí había sido algo. Incluso una fractura. Sí, lo habéis leído bien, una fractura o una luxación. Y sí, ese niño se quejó, lloró, y esa madre se preocupó pero, también hubo alguien que dijo esas palabras a la madre, que hicieron que callara sus sentimientos por miedo a que su hijo la estuviera tomando el pelo, por miedo al qué dirán, por no discutir, por dudar de sí misma y pensar que lo que los demás decían, era verdad.
¿Alguien se ha parado a pensar en los niveles de dolor? Todos sabemos que el umbral del dolor es diferente para cada persona y que lo que para unos no es nada, para otros es una tortura. ¿Y a los niños? ¿no tienen derecho a expresar que sienten dolor? ¿por qué negar que les duela realmente? ¿ y si lo que para nosotros es un simple golpe, para él sí ha sido doloroso? ¿por qué no puedo ir a cogerle o por lo menos, darle un beso o la mano y que me sienta cerca?
Peor lo tienen los hermanos mayores, que si se hacen daño, depende de la situación, oirá lo de antes o algo peor: ¡¡Lo que es capaz de hacer por los celos!! ¿Y? aunque así fuera ¿es eso motivo para no atenderle? ¿Y por qué echarle la culpa al niño en lugar de mirar los padres lo que hacen ellos para que el niño actúe así?
Igual que cuando sabes que hay algo que no cuadra, que a tu hijo le pasa algo, que tu instinto te lo dice, pero que todo tu mundo te dice que son tonterías, que le tienes mimado, consentido y que ese es el problema.
Por desgracia, tengo a mi alrededor, varios casos de esos, madres que no han sido escuchadas a las que se las ha culpado por ser precisamente eso: MADRES. Madres que han luchado contra todo y todos hasta demostrar lo que ellas ya sabían, a pesar del asombro del entorno que no supo o no quiso ver lo que pasaba, Que no quiso escuchar a quienes más conocen a sus hijos. Y no hablo de tonterías, hablo de autismo, hablo de enfermedades neurológicas, hablo de dolor.
Todavía me acuerdo con rabia, cómo hace unos años, recién divorciada, mi hijo empezó a rascarse muchísimo las piernas. La pediatra en lugar de mandarle al dermatólogo, le mandó a la psiquiatra infantil por un posible trauma post divorcio. Yo chillaba a los 4 vientos que era porque había cambiado el gel y mi hijo tiene la piel muy sensible. Nadie me creyó y la pediatra dijo que había actuado así por protocolo. Yo no quería llevarle, pero me hicieron dudar, me hicieron agachar la cabeza, me hicieron negar lo que yo sabía y me hicieron aceptar el «por si acaso». Fui y allí conocí a la psiquiatra más antinatural del mundo. Me culpaba por la lactancia prolongada, por dormir con él, por darle amor. Ni una sola vez le miró a los ojos, ni una sola vez le dijo: ¡Hola!. Ni una sola vez le trató como a una persona. Volví a la siguiente cita, pero volví para decírselo a la cara, para decirle que mi hijo ya estaba perfecto porque yo sabía lo que le pasaba. Para decirle que ningún niño se merecía ese trato vejatorio ni nosotros por ofrecerle nuestros brazos cuando nos necesita…
Lo que no te gusta que te hagan a ti, no se lo hagas a los demás.
Empatía, contacto, amor, respeto o simplemente, llamadlo humanidad
Mis brazos siempre estarán ahí para abrazar a mis hijos, para acompañarlos en los momentos que ellos consideren dolorosos o importantes. Nosotros, con la perspectiva de un adulto, sabemos que eso pasará, pero ellos sabrán que jamás estarán solos.
Para acabar os recomiendo ver este vídeo. A mí me encantó, ¿y a ti?
Portear y amamantar se complementan perfectamente. Muchas madres llegaron al porteo atendiendo la necesidad de alimentar a su bebé a libre demanda, buscando una ayuda para un momento lleno de amor, que no tiene horario ni duración definida.
En algunos casos será preferible establecer la lactancia antes de comenzar a portear, sobre todo si hay problemas con la instauración de la misma y el porteo es nuevo para nosotras. En otros casos el porteo ha llegado a ser el complemento ideal para lograr una lactancia exitosa, ya que facilita una posición fisiológica en la que el bebé se agarra mejor y/o se puede corregir postura y agarre mientras el bebé va sostenido.
Si quieres sacarle un buen partido a tu portabebés al amamantar sigue estos útiles consejos:
Date tiempo y no te sobre exijas
No todas las mujeres vivimos la experiencia del parto con la misma intensidad. Muchas necesitarán de tiempos más prolongados para recuperar su energía y vigor. Antes que todo debes escuchar las señales de tu cuerpo y darle el tiempo necesario a las nuevas experiencias. Es cierto, nuestro bebé necesitará contacto continuo, pero no te esmeres en querer lograr todo a la vez. Recuerda que una de las necesidades básicas de tu bebé ya está cubierta al amamantarle: estar entre tus brazos.
Elige el portabebés adecuado
Puedes lograr amamantar con diferentes tipos de portabebés ergonómicos. Debes escoger según la edad y el desarrollo de tu bebé. El fular y la bandolera se adaptan muy bien al cuerpo de un bebé recién nacido, posibilitando el ajuste tramo a tramo y soporte a su cabeza. Una mochila ergonómica se ajustará a un bebé mayor que ya logre sentarse por sí sólo, brindándole más libertad de movimiento y mejor visibilidad. Elegir el portabebés adecuado te dará seguridad y confianza para comenzar a probar diversas posturas al amamantar.
Descubre la postura adecuada
La postura básica con la cual nos iniciamos en la lactancia es la de cuna o semi tumbado, la más intuitiva a la hora de amamantar. Pero no es la única, existen además la postura en vertical (la más recomendada en algunos casos como reflujo, retrognatia o frenillo), la postura vientre con vientre, como también a la cadera.
En los siguientes videos podrás ver distintas formas de amamantar con distintos portabebés:
Fular:
Bandolera:
Mei tai y mochila ergonómica:
Debes considerar que no existe una única postura ideal para amamantar, ni una postura mejor para todas las madres y bebés. La mejor postura para ti y tu bebé será aquélla que ambos descubran porteando y practicando a diario, con la cual vayan cómodos y seguros.
Todo puede cambiar
A medida que tu bebé crezca y se desarrolle, sus necesidades irán cambiando. Tu bebé podría pasar de amamantar con frecuencia a pedirlo sólo en ocasiones. De estar todo el día en tus brazos a querer explorar por su cuenta todo a su alrededor.
En cuanto a su desarrollo físico, pasará de no tener control cervical y necesitar sujeción a controlar completamente su cabeza. Pasará de tumbado a gatear y de gatear a caminar.
Si a tu bebé no le gusta mamar en vertical y sólo prefiere que sea en postura de cuna o tumbado, no creas que esta preferencia durará constantemente, es posible que meses después de nacido prefiera amamantar sólo en postura vertical. También es posible que meses más tarde deje de mamar en el portabebés. Es normal pasar por cambios y es una bella invitación a descubrir juntos las nuevas experiencias.
Y por último, pero no menos importante: ¡Disfruta!
Si practicas el porteo a diario pero aún no logras una postura para amamantar que sea cómoda para ambos, ten calma y no desesperes. Lo importante es disfrutar la maravillosa cercanía que el porteo les brindará a ambos. Si no consigues hacerlo ahora, será en unas semanas o meses más y siempre puedes buscar una asesora de porteo que te entregará confianza y consejos muy útiles.
De todas formas la lactancia siempre será la mejor excusa para estar juntos en contacto continuo. Ya sabes, todo a su tiempo. Practica a diario pero sin exigirte demasiado y por sobretodo disfruta.
Naciste de mis entrañas una mañana de calor
Naciste de mis entrañas en una fría mañana de invierno Papá estaba esperando para poder ver tu color
Papá te cogió con sus manos, yo no podía creerlo Pese a un gran desgarro, en la sala solo había amor
Pese a un pequeño desgarro, en el coche solo había amor Sin fuerzas te quedaste, el parto fue agotador
Con fuerzas llegaste, el parto fue prometedor Solos empezamos la aventura de la lactancia, con el corazón
Con experiencia, empezamos la aventura de la lactancia al unísono Mamá y papá ponían todo de su parte para que fuera a mejor
Tú solita supiste qué hacer desde el minuto uno Aunque costó un poquito, todo fue descubridor
No costó nada y todo era un lindo camino La lactancia se estableció porque fuiste un luchador
La lactancia se estableció, las dos éramos uno Disfrutamos 3 años de ella y todo era amor
Seguimos disfrutando de ella, hasta el día en que tú me digas un “no”.
Con este pequeño relato, con este poema, juego de contrastes, quería contaros que mis dos lactancias han sido exitosas pese a lo diferentes que fueron los partos y situaciones que viví con mis dos hijos.
El mundo de la lactancia no siempre es un camino negro en el que las mamás solo encuentran problemas, también hay lactancias exitosas. También hay lactancias bonitas desde el primer día. También hay lactancias de esas en las que no tienes más que dar a tu bebé lo mejor de ti durante el tiempo que lo necesite.
Le diste un sitio donde crecer durante nueve meses
Que nadie te robe ni tu parto ni tu lactancia
“Tal vez tengáis ocasión de contemplar un espectáculo más maravilloso que el que ofrece un bebé mamando del pecho de su madre, pero dudo que sea en esta vida”
Érase una vez una mamá, que muy preocupada por su hija, decidió acudir a un profesional. La pequeña de cuatro años tenía pavor irracional a determinados ruidos fuertes como el arrancar de una moto. No era un miedo normal, era verdadero pánico, un miedo tan irracional que perdía el control de sus actos. Tras la consulta, la madre salió muy enfadada pensando:
“¡Este hombre qué sabrá!”, “¡no tiene ni idea!” “¿cómo es capaz de decir que yo no quiero a mi hija?”.
¿Por qué reacciono así esta madre ? ¿Realmente le dijo el especialista que ella no quería a su hija?
Tras la consulta y valoración, este profesional lo que le dijo a la madre de esta pequeña fue que la actitud de la niña podría deberse a la falta de apego con su madre. Que no habían conseguido establecer un vínculo de apego seguro.
¡¡¡Qué barbaridad!! ¡¡¡Pero cómo puede insinuarme que yo no quiero a mi hija!!! ¡¡¡Qué tendrá que ver!!!
¿Os podéis imaginar el sentimiento de esa madre? ¿Pensar que tus actuaciones han provocado algún mal a lo que más quieres en este mundo?
Es fácil asociar la falta de apego con la falta de cariño o amor, la realidad es que falta información, mucha información.
A ninguno nos gusta oír que nos hemos equivocado en lo que a nuestros hijos se refiere. Nuestra intención siempre es hacer lo mejor para ellos: lo mejor que sabemos y que podemos.
Con la maternidad he descubierto un camino que es como una hoja de doble filo entre la generosidad absoluta y el egoísmo puro.
En cada asesoría y relación que tengo con una familia me recuerdo que cada madre es la mejor madre que puede tener su hijo. Juzgar está prohibido porque detrás de cada decisión hay unas circunstancias determinadas. Pero debemos tener siempre los oídos, ojos y sentidos bien abiertos y saber leer entre líneas, estar receptivos, perdonarnos, y actuar, porque eso, sin duda, va a contribuir a ser la mejor madre para nuestros hijos.
Dejando aparte si tuvo o no delicadeza el profesional del comienzo al hablarle así a esa madre, vamos a quedarnos simplemente con el diagnóstico: falta de apego seguro.
Aunque es muy duro escucharlo, al analizar el caso desde el origen se explica todo.
Fue un parto complicado y largo, y al poco tiempo de nacer el bebé lo llevaron a la incubadora con una ictericia grave que dio lugar al alta de la madre pero no del bebé. A la madre le permitían ir cada tres horas a visitar a su bebé pero nadie le dio más información, incluso le animaron a quedarse en casa descansando por las noches.
Y cuando uno piensa que las cosas no pueden ir peor pues parece que se tuercen un poco más. Según le dan el alta al bebé a esta mamá la tienen que intervenir de urgencias y por tanto no pudo cuidar a su bebé como le hubiera gustado.
Durante muchos meses la bebé lloraba sin parar, cosa que no ayudaba para nada al estado anímico de la pobre mamá. Incluso llegó a pensar “¿y esto es la maternidad?”. Con el tiempo eso mejoró y tuvo la oportunidad de disfrutar con su segunda hijo la maternidad de otra forma.
Claramente los principios de esta relación fueron difíciles, y sí, podríamos decir que hubo falta de apego, que no de amor.
Tuvo un apoyo físico incondicional por parte de su marido y familia, se lo hicieron todo, teniendo una rápida recuperación. Esto ayudó a que se curaran sus puntos pero no otras heridas más profundas y menos visibles.
Esta mamá lo hizo lo mejor que pudo y supo con sus propias circunstancias. Siempre desde el corazón, pero no era consciente de la importanciadel apego, de ese inicio crucial, de los primeros minutos, de las primeras horas de vida y los siguientes meses y años de vida. Nunca pensó que tendría consecuencias a tan corto plazo. Porque al fin y al cabo el mensaje sigue siendo: «No pasa nada»
Como muchas otras cosas que nos pasan en la vida, estos comienzos en la maternidad también necesitan su duelo particular.
Os remito a un post reciente » Nunca es tarde» donde Amaya Hansen de Maramayu os cuenta con detalle la necesidad del contacto para el correcto desarrollo del bebé.
A la pequeña y a la mamá les queda todavía mucho camino por delante para caminar de la mano juntas, sanando esas cicatrices con amor, mucho amor de madre.
Esta historia no es real, pero ¿acaso no conocéis historias similares? ¿Hay falta de apoyo emocional y de información? ¿Os habéis sentido juzgadas? ¿Por otros? ¿Por vosotras mismas? ¿Os habéis perdonado?…
Aprovechando la cercanía del cumpleaños de mis hijas quiero compartir con vosotros un post muy personal, sobre algo a lo que no me atreví a ponerle palabras, hasta ahora.
Hace 4 años de mi primer parto y 1 año del segundo. Un parto fue inducido, el otro espontáneo. Uno fue respetado, el otro no. Uno lo viví con confianza, el otro estuvo lleno de violencia y miedo.
Hasta aquí lo más normal sería asociar la violencia obstétrica, las faltas de atención a mis necesidades y de respeto a la inducción. Pues no fue así.
Os cuento:
Hace 4 años, de madrugada, me puse de parto. Cuando las contracciones comenzaron a ser regulares nos fuimos al hospital. Exploración, tactos, monitorización continua,… Todo lo que se supone normal, eso que me había estado informando. Y como era primeriza, a la habitación.
Allí tuve muchas contracciones, fuertes y seguidas, pero nadie vino a preguntar. Estuve como mucho un par de horas.
Cuando expulsé el tapón mucoso me volvieron a llevar a la habitación de dilatación (si lo sé no voy) y de nuevo monitores, a la cama tumbada (en la habitación no había parado de moverme y andar), tacto: “¡Has dilatado 7 centímetros! ¿Has roto la bolsa?”, “No estoy segura, creo que no”, “Esto está sin romper”, noto una varilla y a continuación aluvión de agua, aún me sigo preguntando por qué.
Pasa la ginecóloga: “¿Qué, ya estas pidiendo la epidural?” (cara de sorna). Como digo que no la quiero, se va.
Otro tacto, cara de susto de la matrona, que le dice a alguien más que había allí, no recuerdo quién, “hay que coger una vía.”
Y allí estaba yo, en medio de todo aquello, sin pintar nada, sin decidir nada, sin opinar nada, sin voz en nuestro parto y, ahora también, asustada, muy asustada ante la cara de miedo de una matrona que necesita cogerme una vía y yo no sé por qué, no sé qué pasa. Hay algún problema, lo intuyo, se ve en sus caras, pero ¿por qué nadie me lo cuenta, por qué no me dicen nada? Es mi hija… la angustia es indescriptible.
“Esta en cefálica posterior”.
Por fin alguien decía algo, pero ¿eso qué era? No recuerdo cómo, al final me enteré de que estaba mirando hacia arriba.
La actividad seguía a mi alrededor, una auxiliar venía a lavarme las piernas de vez en cuando y muy poco amablemente le pedí que no volviera, ya me lavaría yo. Volví a ponerme de pie, nadie hubiese conseguido que me tumbara aunque me hubiesen atado a la cama, me olvidé de la vía, tanto que casi me la arranco un par de veces. Me apoyaba en mi marido, le hincaba los dedos, pero sin él no hubiese aguantado las contracciones. Sentía el apoyo de mi hermana (que como es enfermera la dejaron colarse) pero había un abismo entre el personal y yo, y nosotras.
El parto iba avanzando pero entre contracción y contracción venía la matrona a meter la mano e intentar darle la vuelta a la niña.
Siempre me preguntaré que habría pasado si no hubiese roto la bolsa, si hubiese dejado a mi niña en paz, tal vez ella se habría colocado.
Seguía empujando. La actividad seguía a mi alrededor, la matrona intentando dar la vuelta a la pequeña pero sin explicarme nada, otra opinando que si me cambiaba de postura, que si a cuatro patas, que si me movía,… y la matrona diciendo que no me había quedado quieta ni un minuto.
Hasta que decidieron que era el momento de ir al paritorio.
“No quiero ir. No me llevéis. No quiero subir al potro”. Pero ni siquiera recuerdo si las palabras salían de mi boca o solo las pensaba. Estaba agotada. Nada era como había pensado, como imaginaba, como quería…
Me llevaron al paritorio andando, casi a rastras, me subieron al potro (ganas de ponerlo más difícil aún) y me pidieron que empujara cuando tuviese ganas…
Un empujón y veo pasar las tijeras, esas que sabía que me iban a cortar en lo más intimo, esas que sabía que me iban a hacer daño, aunque en ese momento no me dolieran, esas que sabía que me iban a marcar para siempre y que tanto dolor me provocaron después.
Mi mente decía NO, mi cabeza se movía diciendo NO, toda mi alma decía NO.
Pensaba: “dejadme un poco más” “dadnos otra oportunidad”.
Y cortaron.
Dos empujones más, la niña estaba fuera.
Me la pusieron encima, sólo un momento, hasta cortar el cordón, se la llevaron al peso y demás cosas innecesarias que justifican la separación. Me la pusieron de nuevo encima, la dejaron mamar un par de minutos y se la volvieron a llevar… a neonatos. Pero eso da para otro post.
Hace un año, casi en la misma fecha, mi ginecóloga se empeñó, sin tener en cuenta lo que yo pensaba, en que para la FPP (fecha probable de parto) tenía que ingresar para una inducción. Soy diabética y ella había decidido por mí que no podía pasarme ni un día, que era demasiado arriesgado, aunque nunca me hablo de los peligros de una inducción, esos los tuve que buscar yo solita.
Le expliqué que ya había tenido una mala experiencia en ese hospital y que había decidido dar a luz en otro. Su cara fue todo un poema, pero yo ya había decidido, era lo que había.
Los controles de las últimas semanas me los hicieron también en el hospital que yo había elegido. Todo estaba bien, podía esperar un poco.
Hablé mucho con la ginecóloga, le pregunté, resolvió mis dudas, me explicó los riesgos de pasarme mucho de la FPP y los de la inducción, me dio toda la información y yo, mi marido y yo, decidimos.
Esperamos. Esperamos unos pocos días, seguimos con los controles, pero la pequeña no quería nacer y empezábamos a preocuparnos, así que nos decidimos por la inducción: decidimos nosotros. Recuerdo sus palabras: “Aquí hasta los partos inducidos los tratamos como naturales”.
Cuando ingresé, la primera sorpresa agradable fue que ya había conocido al matrón y que éste sabía lo que buscaba, lo que quería y lo que no me había gustado de mi anterior parto.
Los pasos fueron los habituales de una inducción: monitores, control, administración de prostaglandinas sintéticas (sustancias que provocan que se borre el cuello del útero), más monitores, vuelta a la habitación y revisiones cada tres horas.
Fui a la primera revisión, a la segunda no llegué. Las contracciones comenzaron a ser seguidas y fuertes, mucho más fuertes que en el otro parto. Me metí en la ducha, eso aliviaba bastante, estuve en la habitación, tranquila, a mi ritmo, todo el tiempo que pude, después me fui a paritorios.
Una habitación de dilatación, una cama, una pelota, monitores, mi marido, yo y de vez en cuando el matrón.
“¿Has comido?””¿Te has puesto insulina?” “Vamos a ver cómo está el azúcar.” “Tomate un zumo que esta bajita.” “El azúcar no sube, voy a cogerte una vía para ponerte un poco de suero para que no te dé un bajón.”
Explicándome todo, consultándome todo, teniendo siempre en cuenta mis deseos y haciéndome saber por qué no podían ser algunas cosas.
-“¿Quieres ir a la bañera de dilatación?”
-“Sí, por favor. El agua me relaja mucho”.
-“La preparamos y te aviso”.
En todo momento me sentí escuchada, por allí no apareció nadie más (porque no hizo falta), mi marido respetado, implicado, participando. Me sentí libre de expresar cada necesidad o sensación.
Me metí en la bañera, estaba en mi mundo, no tenía que pensar en nada, nada me preocupaba. Solo de vez en cuando tenía que ponerme la monitorización discontinua.
Dolía, pero en el agua se llevaba mejor, me dieron ganas de empujar y empujé. Vino a mi lado. Volví a empujar, otra vez más y otra. Sentí el anillo de fuego y seguí empujando.
Silencio.
Nadie me molestó, ni me dijo qué hacer, estaba yo, solo yo y mi hija y mis sonidos, mis gruñidos, mis sensaciones.
Nació.
La pusieron sobre mí. Mi marido estaba al lado. La olí, la sentí, la miré, la oxitocina nos inundó y la quise.
Cuando el cordón dejó de latir mi marido lo cortó.
Me cosieron un desgarro. Se llevaron a la niña para pesarla (eso no me gustó) y me la volvieron a traer. Pretendían vestirnos pero no lo permití y allí nos quedamos PIEL CON PIEL.
Lo que pasó después también da para otro post, pero eso ya otro día.
Y hasta aquí mi alma desnuda.
Fueron dos partos muy distintos. Dos bienvenidas al mundo para mis dos amores que no tuvieron nada que ver. En ambos sentí el amor de mi marido apoyándome pero en uno le trataron como a un espectador, en el otro como a un PADRE.
No defiendo ni critico en este post las inducciones. Solo quiero compartir mi experiencia con vosotros.
A veces ni lo bueno es tan bueno ni lo malo es tan malo. No hay ángeles ni demonios. No hay decisiones malas ni buenas.
A veces nos gustaría cambiar lo pasado, pero ahí está para enseñarnos, para cambiarnos, para ayudarnos, para guiarnos.
Quiero en este post agradecer públicamente a Alberto que asistió mi segundo parto e hizo posible que todo fuese tan maravilloso.+
Vivo en un precioso y magnífico país al sur del sur. Pero muchas veces su distancia hace que estemos alejados de cosas que ocurren en otros lares.
Las madres, al quedar embarazadas, empiezan con su lista de deseos, que a veces comparten con otros o solo quedan en su pensamiento.
Las listas de deseos de las madres que porteamos, se reducen a “ese” fular, a el meitai especial para el papá, una bandolera que nos quita el sueño, y así puede seguir la lista hasta el infinito casi. Cuando otras madres caminan por las veredas mirando ropita de bebé en las vidrieras, nosotras nos estudiamos los catálogos de las tiendas de fulares, y estamos pendientes de las reviews y de las últimas ediciones limitadas. Un banquete para los sentidos.
Yo tenía varios portabebés anotados en mi lista de deseos. Y debo decir en mi defensa, que para este nuevo bollito no deseaba muchas otras cosas, mi capricho sólo eran portabebés. Como les decía, al vivir en un país al sur del sur, el acceso a estos caprichos es muy difícil, incluso soy una de las pocas personas que por aquí tiene fulares “de verdad”, y toda una batería de portabebés que con el tiempo pude ir consiguiendo. Pero ya sabía que las condiciones no estaban dadas para que se me cumplieran mis deseos actuales, así que sigo deseando algunas bandoleras, algunos fulares, catar mochilas…
Pero como a veces la vida te sorprende felizmente, llegó a mis manos días después de nacido mi bebé, una preciosa mochila que hace rato vengo soñando tener. ¡Mi felicidad al recibirla fue enorme! Primero que la mochila es preciosa, y luego el detalle de pensar en nosotros y tenernos presentes.
Y es que regalar portabebés, para mí que soy una fanática del porteo y siento sus beneficios y placeres en el cuerpo, no es hacer cualquier regalo. Cuando una regala portabebés está dando la posibilidad a otro de vivir toda una experiencia, la experiencia de portear y ser porteado. Regalar portabebés es regalar el vehículo para entablar un vínculo desde el contacto, es regalar momentos que quedan grabados en la piel. Regalar portabebés es regalar un deseo de amor.
Y lo anterior es refiriéndome al porteo desde la díada mamá-bebé. Pero para mí, lo que no es menos importante, cuando una recibe un portabebé, ya sea un regalo o un préstamo, es esa sensación espiritual de sentirse una, mujer adulta, porteada, cargada, abrazada, arropada. Que un grupo de mujeres a las que aprecio con el alma, se hayan puesto de acuerdo para hacerme llegar este detalle, me hace amar esta mochila aún más. Porque cuando me la pongo, me acuerdo de ellas y sus buenos y amorosos deseos, porque así me siento acompañada en mi día cotidiano, que en pleno puerperio, a veces suele ser arduo y cansador. Porque cuando cargo a mi bebé en la mochila, me siento a su vez abrazada. Y como la uso mucho, mucho, cuando yo necesito cariño, ahí está mi nuevo portabebé esperando para dármelo.
Y si querés ver qué linda mochila nos regalaron, acá en este video Nohemí te la muestra muy bien.
Toda la información proporcionada en esta web se ofrece con propósitos informativos y de discusión general. No es una web médica, por lo que la información contenida en este sitio web puede no ser correcta, pese a los esfuerzos realizados para que contenga solo información fiable y basada en la evidencia científica actualizada.
En consecuencia, “Asesoras Continuum” no se responsabiliza de los errores u omisiones contenidos, ni de los daños o perjuicios derivados de su utilización o de la confianza de un usuario en las opiniones, hechos, datos u otra información expuesta en este sitio web. Recordamos que la información y consejos expuestos en esta web se entienden siempre como de carácter general y es la responsabilidad de cada lector verificar independientemente cualquier información u opinión contenida en estos sitios y consultar con su médico, pediatra o profesional competente la exactitud y la aplicabilidad de cualquier información de esta web en su caso particular.
Así mismo Asesoras Continuum no se responsabiliza de las opiniones personales de los autores de los artículos que incluimos.